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Prolifera la
exportación de trabajo esclavo boliviano
Empleo en condiciones
infrahumanas:
Miles de indocumentados viven en
condiciones miserables en Buenos Aires y Sao Paulo, pese a las
medidas adoptadas después de la muerte de seis personas.
POR IGNACIO ARANA ARAYA
En el sótano de una casa
bonaerense, 20 hombres, mujeres y niños morenos, pequeños y mal
alimentados trabajan desde las 7:00 A.M. a las 2:00 A.M. cosiendo
prendas de vestir. Siempre están en el mismo lugar, no manipulan
dinero, casi no ven luz solar y no salen del edificio a menos que
se enfermen gravemente. Todos son bolivianos, parte de una
realidad creciente de miles de inmigrantes que trabajan en
condiciones remozadas de esclavitud en Buenos Aires y Sao Paulo.
Hace casi cinco meses un
incendio que dejó seis carbonizados -cuatro de ellos menores de
edad- en uno de los talleres ilegales destapó un problema
creciente aunque conocido por las autoridades argentinas.
De los dos millones de
bolivianos que viven en Argentina, el principal trabajo es en
fábricas textiles y la mayoría en Buenos Aires. Oficialmente
hay 15.000 bolivianos trabajando ilegalmente en Buenos Aires,
pero estimaciones extraoficiales multiplican esa cifra varias
veces.
La razón de por qué no se ven
mucho a los inmigrantes en las calles es sencilla; viven
encerrados en el subsuelo y, como en los albores de la
revolución industrial, en un entorno de explotación,
promiscuidad y pletórico en enfermedades.
El fenómeno se exportó a Sao
Paulo luego de la crisis de 2002 en Argentina, y el tráfico
laboral también ha prosperado en esa urbe, donde viven unos
80.000 bolivianos.
Fabián Pico, vocero del
gobierno de la ciudad de Buenos Aires, dice a este diario que
luego del incendio del 30 de marzo, se censaron 1.500 talleres
ilegales en la capital argentina. Las autoridades duplicaron los
50 inspectores disponibles, revisaron 973 de esas instalaciones,
de las cuales cerraron 502, y luego reubicaron a algunos cientos
de trabajadores.
Pero algunos talleres se han
reinstalado en Buenos Aires o desplazado al resto de la
provincia. "Algunos lugares clausurados se han vuelto a
instalar, por eso los rechequeamos todos los días", dice
Pico.
El tráfico laboral en
condiciones de esclavitud moderna se inició hace varios años,
pero desde que Argentina retomó altos índices de crecimiento,
el problema ha crecido y entre los embaucadores se han sumado
antiguos explotados.
"Es un fenómeno que se ha
incrementado en los últimos años", reconoce a "El
Mercurio" el vicecanciller boliviano, Mauricio Dorfler. El
personero comenta que para enfrentar el tráfico de personas
"Bolivia está comprometida en la lucha con campañas de
información y prevención".
Dorfler dice que el gobierno de
Morales estableció un decreto a través del cual, mediante un
"pago simbólico", los bolivianos en Argentina
adquieren rápidamente los documentos que necesitan, lo que ya
benefició a 22.000 personas. También destaca que se creó un
observatorio de derechos humanos para sus compatriotas en Buenos
Aires.
Pero el problema es difícil de
erradicar porque miles de bolivianos marginales buscan
desesperadamente mejorar su calidad de vida y los empresarios
textiles venden cien veces más cara cada prenda que elaboran en
los talleres ilegales, según el gobierno bonaerense.
Modus operandi
"La gente se quiere ir
desesperadamente. Tengo colas con 500 personas diarias con
pasaportes para salir", dice Miguel Ángel Quintanilla,
quien preside la fundación Copes, una ONG dirigida por ex
migrantes bolivianos. Para él, el gobierno de Morales no tiene
los recursos para enfrentar el tráfico laboral y acusa que el
tema es marginal en la política oficial.
El modus operandi del círculo
esclavista es sencillo. Propaganda radial y reclutadores ofrecen
vivienda y sueldos de hasta US$300 mensuales en el exterior, un
edén para quien no sabe si comerá en las próximas horas.
Pero el sueño se desvanece
apenas arriban a destino: empresarios bolivianos o vernáculos
les quitan los documentos -si es que tienen- y les dicen que no
pueden salir porque se arriesgan a presidio.
El trabajo se reduce a costurear
cerca de 20 horas diarias por una fracción de dólar la jornada,
suma miserable que tampoco ven hasta que "pagan" el
costo de su traslado, lo que puede tomar años.
"Prefieren a los bolivianos
porque son sumisos y trabajadores", dice a este diario el
periodista boliviano del diario "El Deber", Roberto
Navia, que se internó tres semanas en los talleres de Buenos
Aires y Sao Paulo y publicó varios reportajes con su
investigación.
Navia no duda en que el círculo
esclavista crecerá con el tiempo "porque no existe mayor
preocupación por parte de la cancillería o las embajadas",
y porque, finalmente, "muchos trabajadores sometidos están
agradecidos porque les dan un techo para cobijarlos e incluso
están mejores que acá", agrega.
Felicidad en la basura
"Lo que más me golpeó fue
que los trabajadores no pusieran un pie afuera de la puerta,
porque cuando veían a un policía se orinaban de miedo, por
temor a que los metieran presos. Pero ellos ya vivían en una
prisión, incluso mental", dice a este diario el periodista
boliviano Roberto Navia.
En los talleres de costura
ilegales conoció a Eugenia Vargas, una paceña de 25 años, que
tras trabajar cinco sin salir de un taller bonaerense fue
expulsada porque le dio tuberculosis y sus patrones temían que
muriera.
Y a Maribel Aguilar, de 17
años, quien también fue expulsada de una plantación de
frutillas en Mar del Plata cuando a los 15 años quedó
embarazada, luego de trabajar desde los 10.
Navia dice que entre los que han
logrado escapar hay unos 300 bolivianos que viven
"felices" en los basurales de la ciudad, como atestigua
el barrio "Los Pinos".